miércoles, marzo 22, 2006

La última de los Llamaradas (parte 2)


Teníamos una burbuja estacionada bajo el mar, justo en el Triángulo. El lugar fue escogido a propósito. Desde ahí, buena parte de la información era revisada, estructurada en teorías y luego vendida a empresas de simulaciones, intercambio, confusión, telepatía masiva, cooperativas teatrales, desfiles, televisión. Toda una mina de información. Activé la perspectiva aérea, acostado como estaba a muchos kilómetros de distancia, bajo el mar, en pijama, y vi las ruinas de Monterrey lentamente reconstruidas por enjambres robóticos y planos lanzados desde el aire. El mar cubría todo al oeste del Cerro de la Silla. Me dejé caer un poco más norte. Ahí, placas desintegradoras convertían la basura en imágenes: envolturas de papitas, latas, pósters.

Con el tiempo, todo lo desaparecido se vuelve importante.

Estábamos llegando a la capa correspondiente a inicios de siglo, el 2005, cuando supe que alguien estaba llegando a la Estación Submarina, y luego a la puerta de mi cuarto. Iba a asomarme, pero mejor abrí la puerta y ya. La sorpresa.

Juan, Herla, y una chica vestida como indie rocker, pero con su origen extraterrestre bastante obvio. Los ojos, siempre son los ojos los que delatan.

- ¡Satan! – dijo el John.

Ah sí, los Llamarada...

- ¡Hey, aquí estamos! ¿Sí sabes quiénes somos, mínimo? – dijo Herla.
- Tengo una vaga idea. Tantos años... ¿Qué onda? ¿Qué se va armar, quién contra quien? ¿Una guerra espacial?
- Un toquín, Sagan.
- ¿Tú qué onda, no andabas con unos robollamaradas? ¿Y la Herli trabajando acá de infiltrada en el sistema?

Juan me pasó la caguama. Y yo estaba muy contento.

La chica extraterrestre se apartó el fleco de la frente en un gesto bastante ensayado.

- Mi nombre es Aila Rad. Represento a un grupo de gente interesada en verlos...
- Pues sí, entre tantas estrellas... en alguna tienen que haber surgido acá unos marcianos de ese tipo. ¿Y tú qué onda? – le dije a Herla.
- Pues qué, tanto tiempo. Ya ni hablas en mi cumple.
- Yo ya no sé ni cuando cumplo años. ¿Cuándo se arma un ensayo de Your Future Life?
- ¡Tenemos 15 años sin vernos!- Y se levantó un poco del suelo.
- Ah, feliz navidad.- dije estirándome un poco para alcanzar a abrazarla. - Y qué, quieren un vaso de agua, algo de comer, creo que por aquí tengo un poco de chango asado...
- Creo que es hora de ir por los demás.
- ¿Y dónde es la tocada o qué?

Aila indicó el techo. Se refería a algo un poco más arriba, y quizás yo debía ir empacando. Cambié de perspectiva, vi su nave conectada a la burbuja por un tubo de aspecto extraño, como un campo de fuerza. Vi la ropa regada en mi cuarto, los viejos discos. Reconstruidos, claro está, reconstruidos como todo.

Una mano empujó mi frente para atrás. La mano de Herla.

- Entonces ese es tu poder.
- ¿Cuál?
- El hacerte el occiso.
- Nel, yo también te he extrañado.
- ¿Ya habías salido al espacio, Satan?
- Lo normal. Aquí cerquita.

Aila y Herla seguían sentadas en la cama. Me recordó alguna escena. Juan sacaba discos del aire, los escuchaba y los volvía a esfumar.

Ya maleta en mano, vi que no necesitaba llenarme nada. Di un último vistazo al cuarto, mandé a un rincón todas las imágenes pendientes, y salí al pasillo con los viejos amigos, y esa chica que parecía dibujada, irreal. Hay tantos tipos de extraterrestres que uno ya no sabe qué esperar. Por definición, suelen ser impredecibles. Los primeros que topamos dormían en la química. Los segundos aparecieron poco a poco en sueños. Los terceros sólo surcaban las nubes, pero nunca bajaron. Entonces los Planeadores aparecieron, aquí y allá, en todos lados, supimos que de alguna forma habían surgido entre sonrisas y música, y que con eso la Tierra estaba enlazada a través del aire, hasta las estrellas...

Sentí el familiar golpe en el estómago. Hmm, siempre le atinaba. Herla estaba frente a mí. El pasillo estaba inmóvil.

- Muchos viajes...¡ya vámonos!
- Ya voy, ya voy.

Troné los dedos y el pasillo empezó a moverse, ondulando nuestro camino a través de la estación. Todos estábamos muy callados.

Me llevé una mano a la cabeza, al pelo que había hecho mas fino y blanco en partes, una adaptación cosmética, y vi nuestras huellas en la RC, viejas grabaciones como un eco ya masticado y digerido en la economía cultural, nuestros chispazos repentinos a lo largo de las décadas; saltando a los días anteriores, encontré las evidencias recopiladas por cámaras de rutina en Saigón, mostrando la tocada de los Robo llamaradas del John, tal como había sido vista en varios ángulos, un reporte de la nave de Aila Rad sobre el espacio aéreo francés, su atajo estratosférico para luego descender a la estación submarina, comentarios de nuestras familias, y variados descendientes. Me pregunté por Estrella sin voz alta y topé el silencio gris que implica información clasificada, hice otra búsqueda de Daniel, y me vi rodeado por luces extrañas...

Otro golpe amistoso en la base del estómago. Cambié de perspectiva a la actual y vi que era Aila Rad. Orgullosa de haber aprendido algo.

- Estás ensayando la visión de rayos X, ¿o qué onda?
- Hmm, mucha confiancita. No, me preguntaba...
- Vamos por Estrella. Está en una fiesta en la Isla.
- ¿La...?
- Sí. Allá. Y pasaremos por Daniel más tarde. Queda en el camino de salida.

Me pregunté que significaba eso, y le di un gran trago a la caguama.

Habíamos llegado a la parte superior de la estación, el hangar de agua. Y entonces un tubo de luz se abrió camino hacia nosotros, dimos un paso al frente, y ya estábamos fuera. Así fue como le dije adiós al fondo del mar.



El interior de la nave era un cuarto muy blanco y con muebles que aparecían como un dibujo que iba cobrando volumen. Materia hackeada. Una mesa, varias sillas, puertas que se dirigían a otros cuartos que en teoría no podrían estar aquí. Juan apuntó a un extremo.

- Por allá hay baño, cuartos donde dormir, y un espacio para ensayar.- subió los pies a la mesa. – Ésta es una de esas cosas que son más grandes por dentro que por fuera.

Era obvio que alguien había gastado mucho dinero en eso.

El techo y parte de las paredes se hicieron transparentes. Aila se acomodó en otra mesa que parecía tener un panel de control muy sencillo, casi como un juego. Botones grandes y coloridos. Herla se levantó para mirar con más atención. La nave estaba saliendo del agua, para quedarse suspendida unos metros y acelerar suavemente hacia la isla del sur. La famosa isla.

Che’s Guevarist Republic of Cubee. La gemela de Cuba empezaba a unos pocos kilómetros de su costa. Con ingeniería genética, una cooperativa gringa había hecho surgir una enorme planta que sirviera de base para la nueva isla. No me gustaba visitarla, ni siquiera en la versión gratuita ofrecida a los turistas. Era como esos grabados donde un ejército continúa su avance en ángulos extraños dentro una gravedad explotada. Las reglas del juego eran distintas, pero no de un modo muy chido. En algunas cosas no me dejaba olvidar su inicio como stand de playeras. Cosas de la época.



Herla seguía pegada a una de las paredes, contemplando el panorama. Nunca había estado en una nave así. Y tenía rato de no venir a la isla. Por lo visto, se habían entusiasmado mucho con la idea de los edificios y calles en cambio continuo, moviéndose sobre una compleja red de plantas y cables. Era una de las ciudades-islas más integradas a la Realidad Comercial.

Una pirámide surgió en un momento, cumplió su función y empezó a desarmarse en caminos. Probablemente resultado de un cambio de modas.

Prendió una rola del 2020 y vio como la nave se acercaba a un edificio que parecía ser más constante. A su lado había un desfile en vuelo de abeja. Y ella recordó ver las noticias que mencionaban un ataque de La Fiesta. Y la llegada de agentes a investigarla... o detenerla, como era usual.

Un ataque que todavía continuaba. Y hacia el cual nos dirigíamos.



- ¿No habíamos estado aquí antes?

En el suelo había indicadores y comentarios de visitas anteriores. Bajando de la azotea por una pequeña escalera, pronto vimos que las cosas ya tenían buen rato. Cierto equilibrio había sido logrado. Gente hacía presencia y luego desaparecía como un estrobo. Los tiempos estaban entrelazados, podías visitarla desde el trabajo, una discusión, cierta tarde aburrida, un accidente. Y La Fiesta había cobrado una vida propia, en la que saltaba de continente en continente secuestrando edificios y programaciones urbanas. En el camino, dejaba resultados muy interesantes para ciertas industrias de información. Y muchos géneros musicales por segundo.

Al entrar, John sintió la música haciendo todo más lento. Ramas de luz surgían en las paredes para convertirse en tormentas solares telegrafiando mensajes contradictorios.

Se percató que aunque todas las figuras entraban y salían en un instante, había algunas que parecían regresar más rápido. Y por simple estadística, se percataban de su presencia, o captaban la atmósfera de datos alrededor. Parado en una de las salas, y con velocidad normal, parecía constante como el paisaje.

Los demás estaban en otro de los cuartos, junto con Aila. Y él andaba checando el terreno cuando vio a la chica. Volaba, pero no con la precisión de Herla, sino acompañada de cierto impulso más repentino. Además tenía una especie de estela alrededor, como tinta derramada en agua. Cambió su velocidad hasta que pudo estar frente a él. Había caído de una montaña rusa.

Hay una virtud en las miradas, y él supo que ella se llamaba Esther, y que tenía facilidad para desaparecer el tiempo. Se estaba divirtiendo, pero acababa de saber que la fiesta tendría que cambiar de lugar. Había un agente de la isla en alguna parte de la fiesta, quizás esperando a recibir órdenes. Tomó su mano y se lo llevó a otro de los cuartos, pasando entre la gente que bailaba en explosiones mientras gritaba la plática de siempre.

Después se le hizo difícil recordar cuánto tiempo había pasado, pero luego estaban en un patio surgido cerca de la terraza. La ropa de ella había cambiado a un vestido blanco, y ascendió un poco haciéndose translucida, pero sin soltarlo. Iba a volar.

- ¿A dónde, a dónde? Todavía hay party.
- Sígueme y verás una fiesta aún más chida. En el sur.

Creo que entonces él sintió aún más la gravedad a su alrededor. Ah, los peligros del mundo material...



Yo estaba en el agitado parpadeo de La Fiesta. A lo largo del último rato, varios modelos de idiomas habían prosperado para luego desaparecer. La música se fracturó en mil melodías distintas, y cada una se apoderaba de muchas regiones al mismo tiempo. Los dueños de la casa parecían ser ciertos hipergatos flotando sobre la multitud con ojos de flojera, como dioses desocupados, esperando el fin de La Fiesta.

En eso apareció John.

- ¿Qué dice la historieta?
- Una morra allá bien chida.
- ¿Y ora?
- Ahí anda.
- Ah, chido.
- Dice que a la mejor ya se va a acabar la fiesta.

Caminamos a otro cuarto. Aila Rad estaba ahí, y de alguna forma me pareció una figura que alguien recortara de otra película.¿Era un truco o una moda? Las fiestas son así. Herla iba llegando. Volaba un poco por encima del suelo

- La hadita. ¿Y qué tan alto puedes volar?
- Ah, pues puedo limpiar la chimenea.
- Hmm, lo tomaré en cuenta.

Aila estaba algo más animada y me pregunté si ella se había quedado con la robocaguama. Pero no perdía su aire de eficiencia relajada.

- Creo que es hora de encontrar a Estrella e irnos. El embajador nos espera.
- ¿Y ese quién es?- pregunté en voz baja, pero ya íbamos en camino.

Aila parecía saber a donde se dirigía, siguiendo huecos entre la multitud, hasta que llegamos al último cuarto de la casa, una pieza pequeña y envuelta en sombras recientes. Tenía un par de muebles, un gran espejo apoyado en una rincón, y un montón de muñecos. Me acerqué a una caja enorme, y revisando un poco el contenido, casi sin pensarlo, me encontré a Estrella, dormida como si también ella fuera de trapo, quizás desde hacía días o meses. Se veía mucho más joven que los demás. Pero lo importante era que, aún con los ojos cerrados, mostraba que quizás había perdido a alguien, pero que ella misma nunca se había perdido.

La ayudé a levantarse. Abrió los ojos y saltó asustada hacia atrás.
- ¡Qué, qué! ¿Sí son ustedes, de verdad?

Salió de la caja y le dio uno de sus golpes patentados de lucha libre al John.

- Pues qué, creías que éramos los Llamaclones, ¿o qué?

Esa aventura ya tenía como 30 años de pasada. Herla se le acercó.

- Uyyyy, Estrella, los llamaclones... ¡qué miedo!
- ¡Ya no estén fregando con eso siempre!
- ¡No te creas!

Miré a Aila.

- ¿Me creerías que ésta viejita pasó varios meses de tour con unos llamaradas versión pirata, sin nunca darse cuenta?
- ¡Tú también estabas ahí!
- Ah, pero yo lo hice adrede.
- Simón, Sagan. Ya no estés con eso.

Tenía una especie de uniforme negro, y entonces que entendí que la fiesta estaba a punto de acabarse.

- Tú eres la agente.
- Pos sí.

Estrella nos miraba con menos escepticismo. John le explicó.

- Vamos a una tocada. Acá en el espacio. Esta morra nos va a llevar en su nave.
- Ya van a empezar con sus tonteras del espacio y de unos marcianos, y sus cosas.
- Ah, andas medio prendida. ¿No quieres cantar?
- Aquí tengo unas letras.

Nos miró, cerró el teléfono invisible que había estado a punto de usar. Un gato flotaba cerca, y Herla supuso que era uno de los dueños del lugar, si no es que de Estrella, en alguno de esos contratos raros.

- Vámonos, jovencita.
- “Jovencita”. Casi tengo la misma edad que ustedes.
- Casi, pero no.

Empezamos a subir por la escalera. No dijo nada acerca de acabar con la fiesta.

- ¿Y Daniel? ¿Por qué no va a ir Daniel al espacio?
- Sí va a ir, ahorita vamos a pasar por él.
- Se me hace que no vino porque ya no ha de querer tocar... Maldito Daniel.
- Calma, calma, vamos a ver qué onda.
- No, pero yo tampoco puedo ir, tengo trabajo.
- Y qué, se va enojar el Ché, ¿o qué?
- ¡Ya no me estén molestando con eso! ¡Cómo les gusta estar fregando nomás!
- Es cotorreo, no te claves. Vamos, vamos.

Sonrió al ver la nave brillando en la azotea, como un gesto azul. Los edificios se derrumbaban alrededor, anunciando el amanecer. La fiesta llegaba a otra intensidad, algunos escapaban por las ventanas, los vi caer hacia el cielo, sin intentar ningún movimiento.

El sol iba a salir otra vez. Cada año me parecía más brillante.

- ¿Y ora?
- Ahora vamos con el embajador.
- ¿Y ese?
- De seguro es Daniel, con alguna de sus cosas de esas raras. ¡Maldito Daniel!

Pero Estrella lo dijo sonriendo, y supe que le había atinado. Entramos a la nave.

La fiesta continuó mientras los gatos empezaban a fastidiarse de verdad. Alguien se asomó, planeando saltar hasta su casa, y vio una línea cruzando el horizonte.

Me acerqué a los controles. Absurdos y simples. Había un recuadro mostrando la siguiente parada. Los demás platicaban en la mesa. Aila estaba muy concentrada en algo que yo no entendía. Me pregunté si los demás sabían que íbamos a Saturno.

No, no era nuestra salida habitual. Mejor fui por la caguama, mientras dejábamos la atmósfera detrás, pareciendo perder el suelo bajo nosotros.

Al menos a eso estoy acostumbrado. Y sí, estábamos contentos.

martes, marzo 07, 2006

La última de los Llamaradas. (parte 1)

2067.
El día en que la extraterrestre curvilínea y verde apareció en su cuarto, él se había levantado como todos los días, con el calor de la mañana temprana, y el recuerdo de dónde estaba.
- Shit. Saigón.

Abrió sus ojos con lentitud mientras se incorporaba en la cama. A su lado, cuadro idénticas colegialas japonesas dormían en silencio eléctrico. En el piso estaban los clásicos instrumentos: guitarras, bajo, batería, un teclado. Y en la puerta del cuarto estaba pegado un póster animado, anunciando en grandes letras rojas a LLAMARADA JOHN Y SUS ROBOLLAMARADAS DEL ROCK AND NOISE.

Tomó la caguama que lo esperaba a sus pies, siempre fría, siempre llena, y se dirigió al baño. Ahí el espejo le regresó la imagen de un cincuentón en razonable buen estado, con su pelo algo canoso y alborotado.

Nada mal para un rocker de 90 años. Y más tomando en cuenta que él era Johnny Noise.

Mientras se bañaba, agradeció estar en Vietnam, donde la tecnología daba el comfort necesario pero no lo aislaba de la gritería de los monos en el árbol más cercano, los ruidos de siempre en el mercado, los pregones de vendedores de pan paseando en bicicleta por las calles. Claro que no tenía más que abrir una ventana para ver el cielo tapizado de hologramas, niños entrando y saliendo de la Realidad Comercial mientras jugaban, enjambres de ideas persiguiendo a algún incauto sin vacunar, naves descendiendo como hojas de árbol. Pero al menos no habían convertido todo en una manga, como en Japón. La regadera seguía siendo una regadera, la toalla seguía siendo una toalla. La cual se bajó de donde estaba colgada y empezó a canturrear mientras lo secaba. ¿Qué más podía esperar uno? Justo estaba prendiendo un puro marca Bob Mares cuando vio a la mujer verde que acababa de aparecer en el baño, así que pensó que el único saludo apropiado era quitarse la toalla. La mujer no parpadeó.

- Te vi anoche. En el Fast Calypso.
- ¿Quieres cheve?

Ella sonrió sin retirarle la vista un momento. Era el estereotipo de chica espacial en la portada de algún cómic. El tipo de chica que nunca sale dibujada igual en las páginas interiores. Todo estaba en su lugar, pero su origen extraterrestre era obvio. Y estaba cubierta con joyas plateadas, además de una túnica delgada, blanca y estratégica. Sus rasgos eran felinos, con varios piercings en su cara, y un efecto de leopardo en sus brazos.
John le dio un toque al puro, y luego se lo ofreció a la chava.

- ¿Se supone que te pareces a Khowy, o qué onda?
- El parecido es intencional. La conozco, pero no la he podido encontrar.
- Ya tiene rato que no se aparece...

Ella le regresó el puro, mostrándole que ella ya traía uno prendido.
- Mi nombre es Aila Rad. Vengo de parte de una de las civilizaciones que acaban de enlazarse con la suya. Queremos invitar a los Llamarada a una tocada...
- Yastá.
- ... a cien años luz de aquí, en la Corte del Rey de los Cangrejoides. El planeta Kaj Dirat. No suele salir en las noticias muy seguido.
- Vámonos para allá.

Las robochicas seguían dormidas en la cama. John empezó a agarrar su ropa.
-¿Y a los demás ya les avisaste?
- Vamos para avisarles. No habrá necesidad de que lleves a tus roboamigas.
- Me las gané en una rifa y les enseñé a rockear. No es lo mismo, pero está chido también, van agarrando onda las morras.

Les dejó un recado flotando en el aire, y tomando su caguama y su guitarra salió al bullicio de la calle, acompañado de esa mujer que casi no hacía ruido al moverse. Tomaron un bicibús, y pronto estaban en el espaciopuerto de la costa.

John no miró hacia atrás, sólo volteó al cielo, tratando de imaginarse otro mundo allá arriba. Entonces encendió otro puro, y se vio enfrente de una nave del tamaño de un avión pequeño, con un nombre escrito en mayúsculas retorcidas. Start and fire.


En lo alto de una colina francesa, estaba la casona con sus varios pisos, múltiples baños y habitaciones, el salón de banquetes, la sala de imágenes, el cuarto de los robots, el gimnasio, el área de eventos, una plataforma para naves y las hectáreas de bosque alrededor. En la copa de uno de los árboles, uno podía distinguir a una pequeña mujer flotando brillante en la noche, mientras recogía frutas de formas variadas. Se movía con seguridad en el aire, sin evidenciar ningún esfuerzo, como si hubiera nacido haciéndolo. Tenía una pequeña sonrisa y casi 90 años. Nunca se había sentido mejor, pero también sentía que ya había visto todo.

Al igual que la mayoría de los adultos de su generación, había vivido en la Realidad Comercial, para luego regresar corregida y aumentada en vida y capacidades. Así que le quedaban bastantes años por delante.

Lo que extrañaba era rockear. Hasta que vio esa nave bajando, para luego abrir su puerta y dejar salir una figura muy conocida y una mujer extraterrestre.

John la veía flotar mientras ella iba bajando al suelo.

- Achinga. Vuelas.
- Qué bonito saludo... ¿Y tú que poder tienes? ¿Todavía tienes la robocaguama que nunca se acaba?
- Simón - dijo él ofreciéndole un trago. – Pero también tengo el poder de... ¡DE ROCKEAR!

Hizo mímica de sostener una guitarra invisible y empezó a tocarla. El aire se llenó de un riff ruidoso que parecía provenir de un gran amplis.

- ¡Me has convencido! Y tu amiga...
- Aila Rad. Represento al Imperio de los Cangrejoides.

Herla la miró con escepticismo burlón.

Aila Rad era una mujer igualmente pequeña, con un vestido complicado en tonos café, que parecería estar a punto de desarmarse. Pelo corto y un aire de eficiencia relajada. Y no, no era verde.

- ¿Del espacio? Yo soy funcionaria, pero las marcianas no son mi especialidad. Vayan a la oficina del gobierno terrestre, es el que se encarga de esas cosas, de poner la alfombra roja.

John se rió mientras le volvió a pasar la caguama.

- Nah, el gobierno terrestre no existe. ¡La onda es punkkkkk!

- Sí ya sé, todo es decorativo. Pero ya sabes qué les encanta a los franceses. Y mientras Kampe esté a cargo...

Aila Rand mostraba ya tener algo de prisa.

- Ya hemos contactado a la administración. De hecho ellos fueron los que nos dijeron dónde encontrarte.
- Vamos a tener tocada.

Ella se levantó otra vez del suelo.
- Ah, y me están invitando a verlos, ¿o qué? – volteó hacia Aila.- Porque estos me sacaron del grupo.
- Te saliste sola.
- Mis jefes quieren que toques. Es un pequeño festival en el planeta Kaj Dirat. Tocada y luego banquete en la Corte del Rey de los Cangrejoides.

Herla se acercó a la nave. Vio que varios de sus robots estaban cerca, esperando órdenes acerca de las visitas.

- ¿Y qué saben esos Cangrejoides de nosotros?- preguntó Herla, aunque ya conocía la respuesta. Desde los primeros contactos con otras civilizaciones, con las instaladas en nosotros y con las que recorrían redes de información a lo largo del espacio, los viejos grupos de rock habían llamado la atención como algo distintivo, como un recurso natural no siempre encontrado en todas partes. Los aliens bajaban rolas sin parar, escudriñaban hasta la última grabación... y entre tantos que había, pues era natural que alguno se topara con un disco de Llamarada.

El viaje a planetas fuera del Sistema Solar todavía no era tan común, al menos sin medios virtuales. Varios grupos habían tocado ya en las estrellas más cercanas, pero nunca había sabido de uno que fuera al mundo de los Cangrejoides. Ni mucho menos había oído hablar de Kaj Dirat. Serían los primeros.

Herla estaba segura que tenía que estar ahí, y no como manager o ex integrante. Tenía que tocar otra vez con sus viejos compañeros, viajar a otra estrella. Era justo lo que necesitaba.

Cuando Aila terminó de explicar los detalles del evento, un robot ya venía en camino con la guitarra. Herla hizo clic en varios puntos del aire a su alrededor, eligiendo la ropa que usaría, sus jeans, sus vestidos, avisando a su suplente y a la familia. La extraterrestre la miraba muy atenta, y en sus ojos parecía haber mucha gente. Quizás en el fondo no fuera tan mala.

Juan practicaba la guitarra de aire.

Otro robot llegó con la maleta y Herla le dijo adiós con un pequeño gesto mientras subió a la nave, donde todo parecía más blanco y más grande de lo posible, donde los muebles cambiaban de forma y un amplio ventanal le mostró el suelo alejándose, dejando atrás su rutina de trabajo, los remolinos de datos y el enlace constante con mil compañeros de trabajo en el fársico gobierno terrestre. Pero también sus árboles y toda esa canasta de frutas...

De todas formas, sabía que por ahora no iba a extrañarla, y que las estrellas se veían todavía más cercanas.